Hoy escuché una cuestión muy hermosa. Lo dijo María Elena Rojas en medio de una conversación con Leonello Santoro. La lanzó cuando contaba rápida y resumidamente su vida.
María Elena fue compañera mía en el Liceo Gabriela Mistral y no la veía desde diciembre de 1973, cuando tuvo lugar el último día de clases de la Enseñanza Media.
Lo que dijo mi estimada gabrielina es una frase que es posible escucharla de tanto en tanto en alguna película, pero en la vida real es muy improbable. Digo que es improbable escucharla, pero sin duda se ha dicho y no es loco imaginar que se ha dicho en todos los idiomas del mundo. Yo supongo que cuando más ha salido la frase es cuando algunas mujeres la han soltado en un momento de confidencias con su mejor amiga y también imagino que está muy lejos que algunos hombres la hayan oído. Para mí fue todo novedad.
Las palabras en cuestión las podrán haber pronunciado muchas mujeres en el mundo, pero me gusta creer que ninguna las ha dicho con la candidez, sinceridad y profundidad que las pronunció María Elena. Tiene que ser así porque sus palabras me hicieron sentir alegre, esa alegría que lo lleva a uno a exclamar espontáneamente ¡qué bonito es lo que dijiste! Tiene que ser así también porque lo que dijo María Elena fue ver, sentir, escuchar o tocar la definición de un noble sentimiento, uno de los mejores que tiene la Humanidad. Fue una de las excepcionalísimas ocasiones en que uno puede aprehender por un segundo una cuestión de una nobleza infinita.
Los artistas a veces logran transmitir algo así con su arte, y para mí en particular lo logran los poetas y el cine. Otro lo verá en la pintura o la música.
María Elena lo hizo y yo (que suerte la mía) estuve ahí para escucharla.
¿Qué dijo María Elena?
¿Es hora que lo cuente ya?
Creo que no, ni ahora ni nunca. Parafraseando una expresión de mi infancia, no es tanto lo que dijo sino como lo dijo. Y como no puedo reproducir ese instante tal como yo lo viví. Si escribiera la frase ahora (son dos palabras, repetidas tres veces) no reflejaría ni un milésimo de la magia con que yo la sentí.
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lunes, 19 de abril de 2010
domingo, 17 de mayo de 2009
Liceo Gabriela Mistral
Luego de 36 años del egreso del Liceo Gabriela Mistral, la generación de 1973 del Cuarto A volvió a reunirse. También asistieron ex alumnos de otros cuartos. En total 15 personas, que sumaron 810 años.
La anfitriona fue Ita Mardones y el convocador y organizador, Leonello Santoro.
Si hubiesemos estados todos ciegos la frase más repetida y veraz habría sido “estás igualito”, o más preciso si aceptamos imaginar que estábamos ciegos “tu voz está igualita”.
Verdad, la voz no nos ha cambiado.
Me lo dijo Leonello antes que entrara, cuando Ita dijo “debe ser Félix”. “El mismo que viste y calza”, respondí yo antes que abriera la puerta y Leonello dijo “tiene la misma voz”.
Así fue. Era cosa de cerrar los ojos y escuchar.
Pero como no estábamos ciegos, los cambios eran sustanciales. Aunque algunos estaban notablemente conservados. Si me exigieran dar un premio al que estaba igualito al año 73, Nancy Jorquera y Rigoberto Paniati compartirían el primer lugar. Detrás de ella y con muy pocos puntos de diferencia estaría Antonieta Ramos, Marcelo Robles y Dora Pizarro. El tercer lugar estaría ocupado por Leonello Santoro e Ita Mardones. A todos ellos los habría reconocido si me los hubiera topado de sorpresa en la vía pública. A los otros y otras no los habría reconocido.
Antes del encuentro, yo tenía muchas situaciones y rostros borrados. Incluso no recordaba si éramos del Cuarto A o del Cuarto B.
Pero conversar y verlos allí, me trajo muchas cosas. Creo que no hemos cambiado mucho en cuanto a nuestras personalidades, noté en muchos que los “lineamientos generales” de la forma se ser de cada uno estaban intactos. Las “pinturitas” conservaban su modo de ser “pinturitas”, los tranquilos y callados seguían tranquilos y con pocas palabras, los buenos para revolverla, siguieron revolviéndola.
En este sentido, para mí la más cambiada fue Antonieta Ramos. La único que encontré de ella igual a esa fecha es que sigue amiga de los garabatos, pero en proporción mucho más baja. En la época de estudiantes sentía que ella ponía distancia comnigo y probablemente yo también con ella, pero ahora la encontré una persona muy cálida y acogedora, permamentemente preocupada de los otros, delicada al hablar de otros y con el don de escuchar de verdad. Un abrazo para ti Antonieta.
Hubo en el encuentro una persona que no me entró nunca en la memoria. Todos los otros se acordaban de ella, pero yo tenía bloqueado todo recuerdo: su nombre, su rostro, su ubicación en la sala, su voz. ¿Por qué habrá ocurrido? ¿A alguno de los presentes le ocurrió un fenómeno similar?
No la menciono porque sé que es una situación que despierta antipatía. Que quede claro que esto de no recordar está más allá de la voluntad.
A propósito de recordar, ya descubrí el misterio de Gladys, Pavez y Figueroa. Yo los recuerdo como compañeros míos en el Liceo Gabriela Mistral, pero en casa de Ita que quedó claro que no fueron compañeros del Cuarto A.
Cuando me aprontaba a escribir estas palabras, guardé el carné escolar que coloqué en mi chaqueta y ahí estaban los otros carnés y había uno que decía que yo fui alumno del Segundo G. Todo me quedó claro. Gladys, Pavez y Figueroa fueron del Segundo G.
De paso, esto sirve para aclararle a Leonello que está correcto afirmar que yo llegué al Liceo en Segundo Medio y está correcto cuando él afirma que yo compartí con él y los otros, el tercero y cuarto medios.
Cómo eché de menos a Enrique y Teresa Morales, a Verónica Orellana, el flaco Chamorro, Valentina Ibáñez, Linda Vega, Hidalgo y Ariela Moreno.
Yo estuve nueve horas en la casa de Ita y me pareció que fue un rato. Hace mucho tiempo que no vivía este fenómeno.
Antes del encuentro había imaginado que este sería un festival de yo-yo, en el sentido que todos estaríamos poniendo nuestro ego lo más adornado posible y lo más alto posible: yo he viajado por Europa, yo tengo tres casas, yo tengo los hijos, más bakanes, yo, yo, yo. Pero afortunadamente no fue así. Todo fue dicho en su justa medida.
Si la Tierra fuera devastada mañana por una nueva epidemia y la cura fuera que las personas revivieran emociones del pasado, ¿quién sería el presidente del planeta? ¡Leonello Santoro!, por supuesto.
Un aplauso para Leonello que goza con esta tarea de convocar, investigar, encontrar y citar. Gracias, viejo zorro.
La anfitriona fue Ita Mardones y el convocador y organizador, Leonello Santoro.
Si hubiesemos estados todos ciegos la frase más repetida y veraz habría sido “estás igualito”, o más preciso si aceptamos imaginar que estábamos ciegos “tu voz está igualita”.
Verdad, la voz no nos ha cambiado.
Me lo dijo Leonello antes que entrara, cuando Ita dijo “debe ser Félix”. “El mismo que viste y calza”, respondí yo antes que abriera la puerta y Leonello dijo “tiene la misma voz”.
Así fue. Era cosa de cerrar los ojos y escuchar.
Pero como no estábamos ciegos, los cambios eran sustanciales. Aunque algunos estaban notablemente conservados. Si me exigieran dar un premio al que estaba igualito al año 73, Nancy Jorquera y Rigoberto Paniati compartirían el primer lugar. Detrás de ella y con muy pocos puntos de diferencia estaría Antonieta Ramos, Marcelo Robles y Dora Pizarro. El tercer lugar estaría ocupado por Leonello Santoro e Ita Mardones. A todos ellos los habría reconocido si me los hubiera topado de sorpresa en la vía pública. A los otros y otras no los habría reconocido.
Antes del encuentro, yo tenía muchas situaciones y rostros borrados. Incluso no recordaba si éramos del Cuarto A o del Cuarto B.
Pero conversar y verlos allí, me trajo muchas cosas. Creo que no hemos cambiado mucho en cuanto a nuestras personalidades, noté en muchos que los “lineamientos generales” de la forma se ser de cada uno estaban intactos. Las “pinturitas” conservaban su modo de ser “pinturitas”, los tranquilos y callados seguían tranquilos y con pocas palabras, los buenos para revolverla, siguieron revolviéndola.
En este sentido, para mí la más cambiada fue Antonieta Ramos. La único que encontré de ella igual a esa fecha es que sigue amiga de los garabatos, pero en proporción mucho más baja. En la época de estudiantes sentía que ella ponía distancia comnigo y probablemente yo también con ella, pero ahora la encontré una persona muy cálida y acogedora, permamentemente preocupada de los otros, delicada al hablar de otros y con el don de escuchar de verdad. Un abrazo para ti Antonieta.
Hubo en el encuentro una persona que no me entró nunca en la memoria. Todos los otros se acordaban de ella, pero yo tenía bloqueado todo recuerdo: su nombre, su rostro, su ubicación en la sala, su voz. ¿Por qué habrá ocurrido? ¿A alguno de los presentes le ocurrió un fenómeno similar?
No la menciono porque sé que es una situación que despierta antipatía. Que quede claro que esto de no recordar está más allá de la voluntad.
A propósito de recordar, ya descubrí el misterio de Gladys, Pavez y Figueroa. Yo los recuerdo como compañeros míos en el Liceo Gabriela Mistral, pero en casa de Ita que quedó claro que no fueron compañeros del Cuarto A.
Cuando me aprontaba a escribir estas palabras, guardé el carné escolar que coloqué en mi chaqueta y ahí estaban los otros carnés y había uno que decía que yo fui alumno del Segundo G. Todo me quedó claro. Gladys, Pavez y Figueroa fueron del Segundo G.
De paso, esto sirve para aclararle a Leonello que está correcto afirmar que yo llegué al Liceo en Segundo Medio y está correcto cuando él afirma que yo compartí con él y los otros, el tercero y cuarto medios.
Cómo eché de menos a Enrique y Teresa Morales, a Verónica Orellana, el flaco Chamorro, Valentina Ibáñez, Linda Vega, Hidalgo y Ariela Moreno.
Yo estuve nueve horas en la casa de Ita y me pareció que fue un rato. Hace mucho tiempo que no vivía este fenómeno.
Antes del encuentro había imaginado que este sería un festival de yo-yo, en el sentido que todos estaríamos poniendo nuestro ego lo más adornado posible y lo más alto posible: yo he viajado por Europa, yo tengo tres casas, yo tengo los hijos, más bakanes, yo, yo, yo. Pero afortunadamente no fue así. Todo fue dicho en su justa medida.
Si la Tierra fuera devastada mañana por una nueva epidemia y la cura fuera que las personas revivieran emociones del pasado, ¿quién sería el presidente del planeta? ¡Leonello Santoro!, por supuesto.
Un aplauso para Leonello que goza con esta tarea de convocar, investigar, encontrar y citar. Gracias, viejo zorro.
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